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ALMAS DESNUDAS

abril 24, 2009

Nota de la autora

En oportunidad de comenzar a escribir un libro ajeno a éste, tuve que estudiar bastante sobre los galeses, su modo de vida, costumbres e historia.

Hubo dos temas que me fascinaron al realizar mis investigaciones, uno fue la sacrificada existencia de los inmigrantes galeses al entrar a la Patagonia, y cómo —a pesar de los inconvenientes que se sucedían como catarata de infortunios amenazando arrasar al grupo completo— persistieron con su voluntad firme en poblar nuestro querido y precioso sur argentino. El otro tema que me conmovió, hasta hacerme estremecer, fue la vida de los tehuelches. Mansos, cordiales, generosos y amigos de los galeses a quienes ayudaron cada vez que lo necesitaron, sin pedir más que una sencilla relación de trueque en su amistad incondicional.

Cuando los galeses decidieron regresar a su tierra natal porque se encontraban abrumados por los interminables sinsabores y los pésimos resultados en sus intentos por sembrar y tener una buena cosecha, el cacique de los tehuelches les dijo que ellos les darían vacas y caballos. «Si ustedes no están, ¿con quién vamos a comerciar?»

Me place redactar, como un ejemplo de la fraternidad que ambos pueblos se profesaban, una frase que dijo el cacique tehuelche segundos antes de morir.

Estando el cacique Francisco en Buenos Aires, para ver al Presidente —a fin de gestionar asuntos de su tribu—, enfermó gravemente. Agonizante, y en sus últimos momentos, alcanzó a exclamar: «Iré al cielo de los galensos, porque donde va esa buena gente debe ser un lugar feliz».

Sí. Es por lo antedicho que este libro se lo dedico a ellos, tanto galeses como tehuelches por igual.

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