Archive for 29 agosto 2014

Rey del Monte

agosto 29, 2014

 

El conductor bajó para entregarle el resto de las valijas que estaban dentro de la baulera, apilándolas sobre el camino. Luego, volvió a su puesto detrás del volante. Sin decir una palabra, pisó el acelerador y arrancó de nuevo.

Cuando las ruedas revolvieron el suelo, una densísima nube envolvió a Malén, ahogándola con su polvo fino y haciéndola toser.

—¡Madrecita, me han metido en un horno encendido! —exclamó, incrédula. Le pareció que el caldero del diablo efectivamente existía y que cuando estaba durmiendo, distraída en sus sueños, la habían conducido a él, dejándola abandonada allí, en el mismo centro del averno.

El humo que despidió el caño de escape del colectivo al alejarse no ayudó en nada a mejorar la temperatura. Por el contrario, espesó y calentó aún más el aire cercano a la muchacha.

Malén continuó tosiendo y con su mano intentó despejar el ambiente contaminado.

—Mi abanico. ¡Por favor mi abanico! —se quejó, buscando entre los innumerables bolsos que yacían a su lado. Cuando el entorno finalmente se disipó, pudo ver dónde se encontraba. Otro ahogo, esta vez de impotencia, la acosó de improviso—. ¿Esto qué es? ¿A qué lugar perdido en la tierra me ha mandado mi padre?

Estaba rodeada de nada, la más pura y absoluta nada.

Una gallina que se encontraba muy tranquila revolviendo el guadal junto a ella salió cacareando asustada al escuchar que Malén blasfemaba en voz alta. Un perro famélico y sarnoso, con un sólo ojo y cojo de una pata, gimió aterrorizado, pensando que se estaba ligando otro reto.

—¡Maldita tierra de salvajes! —gritó Malén.

Puesto del Algarrobo era un pequeño caserío metido en el impenetrable monte chaqueño, completamente desierto a ese momento del día. Tendría apenas una veintena de casuchas desvencijadas, en medio de un claro, rodeadas por una cortina de vegetación espinosa, hirsuta y amenazadora.

Embargada por una furia casi incontrolable tomó el celular y lo llamó, desobedeciendo la orden de su padre. Pedro le había dicho que no se le ocurriera comunicarse con él salvo que fuera una situación de extrema urgencia, límite, donde su vida estuviera en serio peligro. Malén consideraba que en ese instante estaba a punto de desfallecer, que en escasos minutos moriría deshidratada o insolada. Si no aparecía la solución pronto, sin duda sucumbiría ante el terrible calor reinante.

Milagrosamente, había señal.

—¡Hola! —contestó él, presto al reconocer el número de su hijita querida.

—¡Te odio! ¡Te odio tanto, que no me alcanzará la vida para demostrártelo! —le gritó ella apenas escuchó su voz del otro lado del aparato.

Luego, sin esperar respuesta y sin siquiera recordar que lo había llamado para pedirle ayuda, Malén cortó. Don Pedro quedó con el celular en la mano y sonrió divertido. Seguramente su hija acababa de arribar a Puesto del Algarrobo y comenzaba a comprender en qué tremendo e insospechado atolladero él la había metido.

 

Cuando el polvo en suspensión se disipó completamente, Malén pudo ver una solitaria camioneta estacionada a pocos metros. Estaba completamente cubierta de tierra y manchada de lodo.

El administrador de Infiernillo hacía un par de minutos que la observaba detenidamente sin que ella percibiera su presencia.

Aquel hombre jamás olvidaría la primera impresión que le causó esa vista. ¿Qué adorable imagen tenía delante? ¡Espíritus sagrados! ¿Quién había colocado esa diosa delante de él?

¿Esa era la jovencita que debía atender? Tenía que mostrarle las diferentes actividades de la estancia durante tres meses, hablándole de las virtudes de esa tierra, haciéndole conocer sus animales, sus sembradíos, sus pasturas naturales.

Más allá de verla preciosa, meneó la cabeza con desconfianza. Don Pedro debía haberse equivocado, porque lo que él percibía en esa muchacha era a una niñita desprotegida, ignorante de los inconvenientes de vivir en un sitio como ese. Sólo había que ver cómo se había vestido. Además, era demasiado delgada y diminuta para soportar sin cansarse los esfuerzos físicos de andar por una provincia como Chaco. Sus piernas eran tan delgadas, que hasta parecía que podía rodear sus tobillos con dos dedos de su mano. ¡Y qué aspecto de enojada tenía! Sin duda debía sentirse llena de temor y muy molesta por hallarse allí.

Estiró su cuello y la miró mejor.

¿Qué se había colocado en los pies? ¿Eran zapatos brillosos con taco alto? ¡Madrecita, qué locura! Después, observó qué se había puesto. ¿Lleva un abrigo y de color claro? Apretando los labios, puso sus ojos en el cielo. Leopoldo pensó que en vez de enseñarle, lo que tendría que hacer con ella durante esos tres largos meses sería cuidarla. Así de frágil se veía.

Malén miró hacia el vehículo. Con una mano se cubrió los ojos. Al notar que un hombre la miraba, descontenta, colocó su otro brazo sobre la cintura y lo observó con desprecio. ¿Qué se creía él, que la podía mirar así, como si fuera un objeto a comprar?

—¡Maldito descarado! —exclamó.

En ese momento, el extraño —morocho, fornido, no muy alto, y cargado de hombros, vestido con una camisa mangas cortas, pantalón que le llegaba a las pantorrillas y unas alpargatas demasiado gastadas—se bajó del vehículo y se acercó hacia ella.

—¡Buenas, señorita! —le dijo, mientras estiraba su brazo para apretarle la mano—. Soy Leopoldo, el administrador de Infiernillo.

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MENSAJE DE AMOR

agosto 29, 2014

—¡Bienvenido, esposo mío! —exclamó ella, colgándose de su cuello.

—¡Muchacha hermosa! ¡Cuánto, cuánto te he extrañado! —y la alejó preocupado— no me digas que perdiste a nuestro hijo.

Al decirlo ¿fue un ligero atisbo de alivio lo que ella notó dibujado en su rostro?

—No, querido —rió la joven— nuestros niños están durmiendo en este momento, pronto tendré que subir a darles de mamar.

Él abrió la boca y se quedó sin palabras, mirándola consternado.

—¿Hijos dijiste?

—Sí, tenemos mellizos, dos varoncitos gordos y saludables. Ven a verlos.

Le tomó la mano y tiró de ella para que la siguiera.

Él continuaba tan asombrado por la noticia, que era incapaz de reaccionar ¿dos niños? Y ya habían nacido. ¡Qué tonto fue al tardar tanto en regresar!

Mudo todavía, traspasó la muralla y siguió detrás de su amada hasta la casa.

Mientras, Jane reía nerviosa, porque sin duda que su marido se sorprendería mucho más ante lo que estaba a punto de ver.

Ambos entraron a su hogar y continuaron caminado hacia el cuartito que ella había hecho preparar al lado de su alcoba.

Finalmente se paró delante de las cunas y le mostró.

—Aquí los tienes, Ramón y Emilio. Uno es rubio como el sol y el otro es ébano como la noche.

Con una falsa sonrisa, y las pupilas dilatadas al máximo, quedó aguardando la reacción de su marido.

Al verlos, y durante unos segundos, Pedro creyó que sus ojos le estaban haciendo una pésima trampa; sintió que estaba frente al mismísimo diablo. Se hizo hacia atrás espantado ¿qué jugarreta era ésa? ¿Qué morbosa red de veneno familiar le había trazado su destino? ¿Y acaso había sido el destino? Se preguntó porque, después de todo ¿qué maldición lo perseguía para darle un niño negro? ¡Negro! ¡Vergüenza entre las más grandes ofensas! Martirio eterno del averno de Lucifer disfrazado de criatura.

Al recular, se dio contra una silla y la tumbó; sin embargo, no tuvo consciencia del accidente y continuó retrocediendo hasta llegar nuevamente a la puerta del cuarto. Tenía los ojos desorbitados, y era incapaz de quitar la vista de ese catafalco que albergaba a la criatura negra.

Con un gemido de angustia visceral brotando desde el fondo de su garganta, se tomó con las manos del marco; estaba perdiendo pie y no quería desfallecer, ello sería una ignominia mayor aún.

Por último, el grito que venía galopando desde lo más recóndito de su ser, explotó. Salió de sus labios apretados, rugiendo como un león lastimado, y su blasfemia fue tan poderosa, que hizo caer de rodillas a Jane.

—¡Maldita! ¡Arderás en el infierno por el resto de tus días! —y sus palabras dichas en voz grave y entre dientes sonaron a bofetada, a maleficio infinito.

Después salió corriendo, abrió de un manotazo la puerta de entrada a la casa, y continuó con su apuro, desapareciendo tras el portón de la muralla.

Esa noche, Pedro de Alcázar no regresó a su hogar, ni ésa ni en muchas más.

segunda MENSAJE DE AMOR

 

ISLA DE LA TEMPESTAD

agosto 29, 2014

 

Entonces, sorpresivamente el mundo se detuvo para ponerse patas arriba; algo espantoso e inesperado les sobrevino… algo tan terrible como imposible de creer.

Aquello menos esperado, y lo más intensamente temido sucedió.

¿Podría un espeluzno ser peor que eso?

Al tiempo que giraban, escucharon una voz ronca proviniendo de la entrada.

  • ¿Y por qué no hay hombres en esta danza?

Elena se detuvo en seco, calló su canto y ahí quedó, boquiabierta y con los ojos muy abiertos, y lentamente dobló su rostro hacia el recién llegado.

Al verlo, las constelaciones cayeron todas juntas sobre ella, y las piernas comenzaron a temblarle sin control.

¡Lo que tenían delante era un pirata! Un verdadero y horrible pirata de carne y hueso, no de niebla y espíritu, como ella imaginó mientras permanecían allí con su hermanita jugando.

No había modo alguno de confundirse, un pañuelo colorado estaba anudado a su cabeza, debajo del cual florecían los bucles pelirrojos; vestía una camisa suelta, abierta en el pecho, su faja apretada mantenía un sable brilloso, temible; sus pantalones cortos hasta debajo de las rodillas dejaban entrever sus piernas velludas, y sus botas de cuero mojado le cubrían los pies. Todo el conjunto aseveraba la idea de quién era ese hombre que tenían delante.

Los ojos del visitante indeseable llameaban con extrema picardía ¿acaso eran claros? O era el fuego que brotaba de sus vísceras corrompidas lo que los hacía refulgir como oro…

Sin embargo, y por extraño que pareciera, no se lo veía agresivo,  pero ¿quién podía adivinarlo?

Tanto escrutinio acontecido en apenas un segundo no mermó ni un ápice el profundo terror que su presencia le producía a Elena.

Magdalena apretaba con fuerza su mano, y pronto comenzó a respirar mal.

Su hermana se puso muy nerviosa y la miró; sabía que si no lograba que ella se controlara, entonces tendría que asistirla con urgencia, porque en cualquier momento la niña comenzaría  asfixiarse.

Como los segundos pasaban y nadie hacía nada – el extraño permanecía allí parado, cubriéndoles la salida, y ellas continuaban observándolo espantadas – Elena optó por lo más arriesgado.

Tiró del brazo de su hermana y se encaminó hacia la boca de entrada. Y al tiempo que lo hacía, cubría con su cuerpo el diminuto de la niña.

Cuando se encontró junto al hombre, pudo sentir su olor a humo y tabaco.

Ignorándolo, lo corrió un poco con su mano libre.

Él permaneció quieto en su lugar, y por un resquicio que quedaba a un costado, Elena hizo pasar a la niña. Luego le ordenó:

  • Ve a la torre ¡ya mismo! Haz que te atiendan.

El hombre aferró a la más grande por el codo.

  • ¿Crees que las dejaré ir así nomás para que me delaten?

Elena juntó coraje, aspiró cuanto pudo, y cerrando los ojos dijo las palabras que podían salvar a Magdalena, o sentenciarlas a una muerte segura.

  • Si usted no permite que asistan a mi hermanita, morirá en pocos minutos. Tiene asma ¿no se ha dado cuenta? – y mientras le aclaraba la situación, soltó la mano de Dida, y con determinación la empujó hacia la libertad.

El pirata quedó observando a Elena, quizás calibrando la veracidad de sus aseveraciones o quizás pensando qué haría con ella.

Mientras, la mantenía aferrada con su poderosa mano.

  • Ella podrá irse, usted no – decidió.

Se acercó más a su rostro hasta quedar a pocos centímetros del de la joven.

La suerte, una vez más, estaba echada.

Magdalena se salvaría… en cuanto a Elena… nadie lo sabía aún.

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ALMAS  DESNUDAS

agosto 29, 2014

 

Un frío glaciar le cortó el aliento a Elizabeth y la hizo detenerse; aun así, continuó alejándose del tolderío. Necesitaba volver a encontrarse, calmar su espíritu que vomitaba por cada uno de sus poros la furia descontrolada que la embestía por lo que le acababa de suceder a Shie.

Ella no era como sus amigas: ni el ímpetu del fuego, ni la fuerza arrolladora del mar podrían doblegar su temple alguna vez.

La revelaba el hecho de no haber podido salvar al bebé; pero por sobre todo, de no haber impedido que su querida amiga pasara por tanto sufrimiento. Se sentía impotente, y esa misma ineptitud le corrompía las entrañas y la hacía renegar de su buen juicio por mantenerse calmada.

Ninguna palabra, ninguna actitud… ¡no había cosa que la pudiera devolver a la aceptación de los acontecimientos!

Caminó con pasos largos, guiándose por el resplandor de una fogata y por el amanecer que venía insinuándose tras los cerros. Se dirigió hacia un montículo de tierra, y con brusquedad se sentó sobre él a pensar – ¡o a no pensar! – estaba demasiado furiosa como para hacerlo con congruencia y lógica.

Aspiró hondo el aire que, como navaja afilada, le taladraba los pulmones, pero no le importó. Estaba en otro mundo, el de la bronca fundamentada, y con toda su flema de celta cascarrabias bullendo.

De ser posible, hubiera querido enfrentarse con el destino, ése que manejaba las cartas de la vida. Le habría arrojado a la cara sus naipes tramposos, recordándole a gritos que no se jugaba con manos excesivamente ventajosas. Y también se hubiese tomado un momento para preguntarle si acaso sabía dónde se escondía la equidad, porque ella allí no la podía encontrar.

Varias veces pateó guijarros, haciéndolos volar lejos de su vista, intentando descargar aquello que, por esos momentos, le era imposible sacarse de encima. Su corazón palpitaba con fuerza, golpeando en sus sienes y produciéndole un intenso dolor de cabeza.

Habían pasado unos pocos minutos, cuando sintió que alguien carraspeaba cerca de ella. Giró un poco para ver de quién se trataba, y encontró a Francisco —el cacique del clan de Shie— tomando mate con una mano, y fumando de su pipa con la otra.

Lizie retornó su vista hacia el campo y un leve gemido brotó involuntario de sus labios.

—¿Estás triste? ¿qué te sucede, niña? —le preguntó él con mirada extrañada.

Elizabeth primero se asombró porque el hombre le dirigía la palabra como si fuesen amigos desde siempre. Luego se molestó un poco: no podía creer que el anciano le hiciera semejantes preguntas. ¿Era posible que no supiera lo que le había pasado a Shie?

No le respondió. Ni ganas le quedaban de ser respetuosa y cortés, ni siquiera con ese hombre mayor.

Él dio una aspirada a la pipa, soltó el humo lentamente, y le dijo:

—Mira las estrellas.

Ella así lo hizo. Un levísimo resplandor se iba alzando desde el este, borrando los luceros uno a uno del cielo aún oscuro.

—¿Te preocupa si alguna no sale hoy o mañana?

—No —respondió Elizabeth apenas, sin comprender a dónde pretendía llegar Francisco con sus preguntas.

—¿Y las nubes? si aparecen o no ¿te inquieta?

—No.

Él permaneció en silencio un momento.

—¿Ves ese pájaro que pasa volando allá arriba?

—Sí.

—¿Te importa saber si vive o si morirá en unos días?

—No.

—¿Entonces? —inquirió él.

Elizabeth calló e intentó encontrar una repuesta coherente.

—No entiendo, gran cacique. Tus preguntas me sorprenden.

—Lo que intento decirte es que no debes preocuparte por Shie ni por su hijo. Cada cosa tiene su razón de ser, y suceder. No debes inquietarte por ello —abarcó con sus brazos el horizonte completo. Y agregó—: Mira tu entorno. Cada punto insignificante de la tierra funciona solo. Todo a tu alrededor es perfecto.

Ella estaba comenzando a comprender.

—Simplemente acéptalo —fueron las últimas palabras que el anciano le dijo.

Elizabeth permaneció allí sentada, inmóvil. Asimilando tanta verdad resumida en unas pocas frases sabias.

A lo lejos, bajo la raya interminable del río corriendo, unas hebras de fuego y vida comenzaron a desplegarse.

Las aves reiniciaron su trino, ése interrumpido la tarde anterior, cuando las sombras se estiraron, cubriendo con su manto gigantesco el desierto.

Ahora, la plenitud de la energía vital comenzaba a manifestarse una vez más. Hacía reventar, con nuevos bríos, cada diminuto ser que habitaba el desierto.

Elizabeth, por fin, mansamente aceptó. Y agradeció al cielo por haberle permitido el entendimiento.

cuarta ALMAS DESNUDAS

 

PROHIBIDO

agosto 29, 2014

Sus palabras, las últimas que diría al respecto, las dijo en voz muy bajita, como una plegaria, y a pesar de todo, honrando a la vida.

—¿Qué me dices? —preguntó Jacques, aún sobrecogido por el dolor de verse obligado a revelar tan tremendos secretos de su existencia pasada.

Viendo que la muchacha no levantaría la voz, tuvo que acercarse más para poder escucharlas.

—Eso es. Siéntate aquí, cerquita mío —le dijo ella en un susurro— tengo varias verdades que contarte.

Él obedeció y se acuclilló en el piso frío, junto a las piernas de la joven. Pero esta vez, su contacto no le produjo placer alguno; por el contrario, una templanza de hombre decidido a distanciarse de ella, lo dominó por completo.

—Escucho —dijo serio.

La joven tardó un momento en hablar, quería elegir las palabras exactas para explicarle lo que pensaba, y sabía que tendría una sola oportunidad de hacerlo; luego, el momento se esfumaría, y ya nunca más serían los mismos. Ni él ni ella.

Su entrañable e íntima amistad había sido borrada de cuajo, desde las mismas raíces, para nunca más retornar. Sabía que luego del testimonio recién escuchado, había comenzado la separación de ambos; estaba perdiendo a Jacques, y lo que fuera que le dijera, no conseguiría borrar su pasado ignominioso. Ignominioso para él, por supuesto.

Aun así, aunque fuera el último aliento que le dedicaba, le diría lo que estaba pensando.

Posó suavemente su mano sobre la cabellera enrulada de Jacques, y con extrema delicadeza le explicó:

—Amado mío, te he querido desde el instante en que me compraste, adorando tu actitud al hacerlo, —y sonrió al recordarlo— primero amé tu constante respeto hacia mí, tus cuidados, tus atenciones… luego te amé por lo que eres, no sólo conmigo sino con todos aquellos que tienen la buena fortuna de pertenecer a esta estancia —hizo una pausa, luego le clavó los ojos grises sobre los suyos negros, impenetrables— la vida de cualquier ser humano es justamente esto, peligro, sorpresas, un continuo riesgo total; cada día nos transporta de asombro en asombro, nada nos es garantizado. Desde que nacemos, tenemos la señal de la injusticia marcada en el pecho porque, antes o después, estamos condenados a morir. No pidas seguridad, ni alegría ni bienestar. Sí pídele a los espíritus del desierto que te otorguen la ocasión de vivir con alegría, de sentirte tranquilo, y de ser capaz de amar. Eso sí se te dará a manos llenas, nada más. —Se detuvo un momento, y al notar que él había bajado la vista, le rogó que la observara—. Mírame, querido, y escucha esto que voy a decirte.

Él hizo un terrible esfuerzo y consiguió levantar sus ojos.

Al verlos, ella estuvo a punto de callar, confundida por la inmensa amargura que notó en ellos. Aunque era menester continuar, debía recomponerse y decirle la gran verdad.

—Las personas más infelices del mundo son aquellas que siempre se revuelven pensando en los temores, sin obrar jamás. Aleja el miedo, hombre mío, llénate de valor. —Le revolvió apenas el cabello y le hizo un ruego—: No desprecies la oportunidad de disfrutar —y mirando a su hijito agregó, con un leve movimiento de labios— no me desprecies.

Él inclinó el rostro y miró hacia el piso.

Pardon. Il est impossible —le dijo con la voz entrecortada.

segunda PROHIBIDO

 

POR AMOR A CRISTINA

agosto 20, 2014

Al verme, se incorporó apenas y me apretó las manos con desesperación.

—¡Babá, Babá!

Entonces vi la manta teñida de colorado. La levanté con lentitud y delicadeza, en su espalda noté un profundo corte que sangraba profusamente. De seguro había sido hecho con un cuchillo o más probablemente, con una bayoneta. Estaba mal, muy mal, un líquido rojo brotaba de su boca y le costaba bastante respirar, probablemente le habían perforado un pulmón. Pero eso a ella parecía no  importarle, su único martirio era que José no estuviera a su lado.

Ama se estaba desangrando, moría en mis brazos y ya nada se podía hacer por ella. Le sonreí, prometiéndole que se lo traería de inmediato.

Entonces fui presta a buscarlo. Lo más urgente era llamar al médico, aunque algo me obligó a satisfacer primero su requerimiento, ahora eso era lo más importante. Sabía que Ama había protegido al niño del arma que la lastimara. Sentía la necesidad inmediata de complacerla; poco podría hacer el doctor por ella, ya era demasiado tarde ¡Había salvado la vida de mi hijo! y no le iba a negar el deseo de estar los últimos minutos de su vida con él.

Busqué a Dady y le pedí al niño. Luego regresé corriendo al cuarto con él entre mis brazos.

Al verlo, Ama dejó de gemir. Me agaché y se lo acerqué. José la reconoció y rió feliz.

—¡Babá! —exclamó ella sonriendo aliviada.

Lo miró con ternura, su pequeño estaba bien.

Estiró la mano y rozó suavemente los rizos del niño, era la primera vez que lo acariciaba.

—¡Babá!

Había lágrimas en ese rostro deformado por las cicatrices.

Luego puso el brazo sobre su pecho y cerrando los ojos expiró.

Me quedé inmóvil; José jugueteaba, indiferente al horror de todo lo que acababa de suceder. Su alma inocente aún no captaba los misterios y las sinrazones del sufrimiento.

Sentí una tristeza tan profunda, que ya no pude continuar mirando a la muchacha; la habíamos creído tonta, y sin embargo, salvó la vida de mi hijo.

—No sólo hombres, papá, también tenemos mujeres extraordinarias en nuestra tierra.Armado tapa Susana Biset 5ta edic