ALMAS  DESNUDAS

 

Un frío glaciar le cortó el aliento a Elizabeth y la hizo detenerse; aun así, continuó alejándose del tolderío. Necesitaba volver a encontrarse, calmar su espíritu que vomitaba por cada uno de sus poros la furia descontrolada que la embestía por lo que le acababa de suceder a Shie.

Ella no era como sus amigas: ni el ímpetu del fuego, ni la fuerza arrolladora del mar podrían doblegar su temple alguna vez.

La revelaba el hecho de no haber podido salvar al bebé; pero por sobre todo, de no haber impedido que su querida amiga pasara por tanto sufrimiento. Se sentía impotente, y esa misma ineptitud le corrompía las entrañas y la hacía renegar de su buen juicio por mantenerse calmada.

Ninguna palabra, ninguna actitud… ¡no había cosa que la pudiera devolver a la aceptación de los acontecimientos!

Caminó con pasos largos, guiándose por el resplandor de una fogata y por el amanecer que venía insinuándose tras los cerros. Se dirigió hacia un montículo de tierra, y con brusquedad se sentó sobre él a pensar – ¡o a no pensar! – estaba demasiado furiosa como para hacerlo con congruencia y lógica.

Aspiró hondo el aire que, como navaja afilada, le taladraba los pulmones, pero no le importó. Estaba en otro mundo, el de la bronca fundamentada, y con toda su flema de celta cascarrabias bullendo.

De ser posible, hubiera querido enfrentarse con el destino, ése que manejaba las cartas de la vida. Le habría arrojado a la cara sus naipes tramposos, recordándole a gritos que no se jugaba con manos excesivamente ventajosas. Y también se hubiese tomado un momento para preguntarle si acaso sabía dónde se escondía la equidad, porque ella allí no la podía encontrar.

Varias veces pateó guijarros, haciéndolos volar lejos de su vista, intentando descargar aquello que, por esos momentos, le era imposible sacarse de encima. Su corazón palpitaba con fuerza, golpeando en sus sienes y produciéndole un intenso dolor de cabeza.

Habían pasado unos pocos minutos, cuando sintió que alguien carraspeaba cerca de ella. Giró un poco para ver de quién se trataba, y encontró a Francisco —el cacique del clan de Shie— tomando mate con una mano, y fumando de su pipa con la otra.

Lizie retornó su vista hacia el campo y un leve gemido brotó involuntario de sus labios.

—¿Estás triste? ¿qué te sucede, niña? —le preguntó él con mirada extrañada.

Elizabeth primero se asombró porque el hombre le dirigía la palabra como si fuesen amigos desde siempre. Luego se molestó un poco: no podía creer que el anciano le hiciera semejantes preguntas. ¿Era posible que no supiera lo que le había pasado a Shie?

No le respondió. Ni ganas le quedaban de ser respetuosa y cortés, ni siquiera con ese hombre mayor.

Él dio una aspirada a la pipa, soltó el humo lentamente, y le dijo:

—Mira las estrellas.

Ella así lo hizo. Un levísimo resplandor se iba alzando desde el este, borrando los luceros uno a uno del cielo aún oscuro.

—¿Te preocupa si alguna no sale hoy o mañana?

—No —respondió Elizabeth apenas, sin comprender a dónde pretendía llegar Francisco con sus preguntas.

—¿Y las nubes? si aparecen o no ¿te inquieta?

—No.

Él permaneció en silencio un momento.

—¿Ves ese pájaro que pasa volando allá arriba?

—Sí.

—¿Te importa saber si vive o si morirá en unos días?

—No.

—¿Entonces? —inquirió él.

Elizabeth calló e intentó encontrar una repuesta coherente.

—No entiendo, gran cacique. Tus preguntas me sorprenden.

—Lo que intento decirte es que no debes preocuparte por Shie ni por su hijo. Cada cosa tiene su razón de ser, y suceder. No debes inquietarte por ello —abarcó con sus brazos el horizonte completo. Y agregó—: Mira tu entorno. Cada punto insignificante de la tierra funciona solo. Todo a tu alrededor es perfecto.

Ella estaba comenzando a comprender.

—Simplemente acéptalo —fueron las últimas palabras que el anciano le dijo.

Elizabeth permaneció allí sentada, inmóvil. Asimilando tanta verdad resumida en unas pocas frases sabias.

A lo lejos, bajo la raya interminable del río corriendo, unas hebras de fuego y vida comenzaron a desplegarse.

Las aves reiniciaron su trino, ése interrumpido la tarde anterior, cuando las sombras se estiraron, cubriendo con su manto gigantesco el desierto.

Ahora, la plenitud de la energía vital comenzaba a manifestarse una vez más. Hacía reventar, con nuevos bríos, cada diminuto ser que habitaba el desierto.

Elizabeth, por fin, mansamente aceptó. Y agradeció al cielo por haberle permitido el entendimiento.

cuarta ALMAS DESNUDAS

 

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