ISLA DE LA TEMPESTAD

 

Entonces, sorpresivamente el mundo se detuvo para ponerse patas arriba; algo espantoso e inesperado les sobrevino… algo tan terrible como imposible de creer.

Aquello menos esperado, y lo más intensamente temido sucedió.

¿Podría un espeluzno ser peor que eso?

Al tiempo que giraban, escucharon una voz ronca proviniendo de la entrada.

  • ¿Y por qué no hay hombres en esta danza?

Elena se detuvo en seco, calló su canto y ahí quedó, boquiabierta y con los ojos muy abiertos, y lentamente dobló su rostro hacia el recién llegado.

Al verlo, las constelaciones cayeron todas juntas sobre ella, y las piernas comenzaron a temblarle sin control.

¡Lo que tenían delante era un pirata! Un verdadero y horrible pirata de carne y hueso, no de niebla y espíritu, como ella imaginó mientras permanecían allí con su hermanita jugando.

No había modo alguno de confundirse, un pañuelo colorado estaba anudado a su cabeza, debajo del cual florecían los bucles pelirrojos; vestía una camisa suelta, abierta en el pecho, su faja apretada mantenía un sable brilloso, temible; sus pantalones cortos hasta debajo de las rodillas dejaban entrever sus piernas velludas, y sus botas de cuero mojado le cubrían los pies. Todo el conjunto aseveraba la idea de quién era ese hombre que tenían delante.

Los ojos del visitante indeseable llameaban con extrema picardía ¿acaso eran claros? O era el fuego que brotaba de sus vísceras corrompidas lo que los hacía refulgir como oro…

Sin embargo, y por extraño que pareciera, no se lo veía agresivo,  pero ¿quién podía adivinarlo?

Tanto escrutinio acontecido en apenas un segundo no mermó ni un ápice el profundo terror que su presencia le producía a Elena.

Magdalena apretaba con fuerza su mano, y pronto comenzó a respirar mal.

Su hermana se puso muy nerviosa y la miró; sabía que si no lograba que ella se controlara, entonces tendría que asistirla con urgencia, porque en cualquier momento la niña comenzaría  asfixiarse.

Como los segundos pasaban y nadie hacía nada – el extraño permanecía allí parado, cubriéndoles la salida, y ellas continuaban observándolo espantadas – Elena optó por lo más arriesgado.

Tiró del brazo de su hermana y se encaminó hacia la boca de entrada. Y al tiempo que lo hacía, cubría con su cuerpo el diminuto de la niña.

Cuando se encontró junto al hombre, pudo sentir su olor a humo y tabaco.

Ignorándolo, lo corrió un poco con su mano libre.

Él permaneció quieto en su lugar, y por un resquicio que quedaba a un costado, Elena hizo pasar a la niña. Luego le ordenó:

  • Ve a la torre ¡ya mismo! Haz que te atiendan.

El hombre aferró a la más grande por el codo.

  • ¿Crees que las dejaré ir así nomás para que me delaten?

Elena juntó coraje, aspiró cuanto pudo, y cerrando los ojos dijo las palabras que podían salvar a Magdalena, o sentenciarlas a una muerte segura.

  • Si usted no permite que asistan a mi hermanita, morirá en pocos minutos. Tiene asma ¿no se ha dado cuenta? – y mientras le aclaraba la situación, soltó la mano de Dida, y con determinación la empujó hacia la libertad.

El pirata quedó observando a Elena, quizás calibrando la veracidad de sus aseveraciones o quizás pensando qué haría con ella.

Mientras, la mantenía aferrada con su poderosa mano.

  • Ella podrá irse, usted no – decidió.

Se acercó más a su rostro hasta quedar a pocos centímetros del de la joven.

La suerte, una vez más, estaba echada.

Magdalena se salvaría… en cuanto a Elena… nadie lo sabía aún.

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