MENSAJE DE AMOR

—¡Bienvenido, esposo mío! —exclamó ella, colgándose de su cuello.

—¡Muchacha hermosa! ¡Cuánto, cuánto te he extrañado! —y la alejó preocupado— no me digas que perdiste a nuestro hijo.

Al decirlo ¿fue un ligero atisbo de alivio lo que ella notó dibujado en su rostro?

—No, querido —rió la joven— nuestros niños están durmiendo en este momento, pronto tendré que subir a darles de mamar.

Él abrió la boca y se quedó sin palabras, mirándola consternado.

—¿Hijos dijiste?

—Sí, tenemos mellizos, dos varoncitos gordos y saludables. Ven a verlos.

Le tomó la mano y tiró de ella para que la siguiera.

Él continuaba tan asombrado por la noticia, que era incapaz de reaccionar ¿dos niños? Y ya habían nacido. ¡Qué tonto fue al tardar tanto en regresar!

Mudo todavía, traspasó la muralla y siguió detrás de su amada hasta la casa.

Mientras, Jane reía nerviosa, porque sin duda que su marido se sorprendería mucho más ante lo que estaba a punto de ver.

Ambos entraron a su hogar y continuaron caminado hacia el cuartito que ella había hecho preparar al lado de su alcoba.

Finalmente se paró delante de las cunas y le mostró.

—Aquí los tienes, Ramón y Emilio. Uno es rubio como el sol y el otro es ébano como la noche.

Con una falsa sonrisa, y las pupilas dilatadas al máximo, quedó aguardando la reacción de su marido.

Al verlos, y durante unos segundos, Pedro creyó que sus ojos le estaban haciendo una pésima trampa; sintió que estaba frente al mismísimo diablo. Se hizo hacia atrás espantado ¿qué jugarreta era ésa? ¿Qué morbosa red de veneno familiar le había trazado su destino? ¿Y acaso había sido el destino? Se preguntó porque, después de todo ¿qué maldición lo perseguía para darle un niño negro? ¡Negro! ¡Vergüenza entre las más grandes ofensas! Martirio eterno del averno de Lucifer disfrazado de criatura.

Al recular, se dio contra una silla y la tumbó; sin embargo, no tuvo consciencia del accidente y continuó retrocediendo hasta llegar nuevamente a la puerta del cuarto. Tenía los ojos desorbitados, y era incapaz de quitar la vista de ese catafalco que albergaba a la criatura negra.

Con un gemido de angustia visceral brotando desde el fondo de su garganta, se tomó con las manos del marco; estaba perdiendo pie y no quería desfallecer, ello sería una ignominia mayor aún.

Por último, el grito que venía galopando desde lo más recóndito de su ser, explotó. Salió de sus labios apretados, rugiendo como un león lastimado, y su blasfemia fue tan poderosa, que hizo caer de rodillas a Jane.

—¡Maldita! ¡Arderás en el infierno por el resto de tus días! —y sus palabras dichas en voz grave y entre dientes sonaron a bofetada, a maleficio infinito.

Después salió corriendo, abrió de un manotazo la puerta de entrada a la casa, y continuó con su apuro, desapareciendo tras el portón de la muralla.

Esa noche, Pedro de Alcázar no regresó a su hogar, ni ésa ni en muchas más.

segunda MENSAJE DE AMOR

 

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