PROHIBIDO

Sus palabras, las últimas que diría al respecto, las dijo en voz muy bajita, como una plegaria, y a pesar de todo, honrando a la vida.

—¿Qué me dices? —preguntó Jacques, aún sobrecogido por el dolor de verse obligado a revelar tan tremendos secretos de su existencia pasada.

Viendo que la muchacha no levantaría la voz, tuvo que acercarse más para poder escucharlas.

—Eso es. Siéntate aquí, cerquita mío —le dijo ella en un susurro— tengo varias verdades que contarte.

Él obedeció y se acuclilló en el piso frío, junto a las piernas de la joven. Pero esta vez, su contacto no le produjo placer alguno; por el contrario, una templanza de hombre decidido a distanciarse de ella, lo dominó por completo.

—Escucho —dijo serio.

La joven tardó un momento en hablar, quería elegir las palabras exactas para explicarle lo que pensaba, y sabía que tendría una sola oportunidad de hacerlo; luego, el momento se esfumaría, y ya nunca más serían los mismos. Ni él ni ella.

Su entrañable e íntima amistad había sido borrada de cuajo, desde las mismas raíces, para nunca más retornar. Sabía que luego del testimonio recién escuchado, había comenzado la separación de ambos; estaba perdiendo a Jacques, y lo que fuera que le dijera, no conseguiría borrar su pasado ignominioso. Ignominioso para él, por supuesto.

Aun así, aunque fuera el último aliento que le dedicaba, le diría lo que estaba pensando.

Posó suavemente su mano sobre la cabellera enrulada de Jacques, y con extrema delicadeza le explicó:

—Amado mío, te he querido desde el instante en que me compraste, adorando tu actitud al hacerlo, —y sonrió al recordarlo— primero amé tu constante respeto hacia mí, tus cuidados, tus atenciones… luego te amé por lo que eres, no sólo conmigo sino con todos aquellos que tienen la buena fortuna de pertenecer a esta estancia —hizo una pausa, luego le clavó los ojos grises sobre los suyos negros, impenetrables— la vida de cualquier ser humano es justamente esto, peligro, sorpresas, un continuo riesgo total; cada día nos transporta de asombro en asombro, nada nos es garantizado. Desde que nacemos, tenemos la señal de la injusticia marcada en el pecho porque, antes o después, estamos condenados a morir. No pidas seguridad, ni alegría ni bienestar. Sí pídele a los espíritus del desierto que te otorguen la ocasión de vivir con alegría, de sentirte tranquilo, y de ser capaz de amar. Eso sí se te dará a manos llenas, nada más. —Se detuvo un momento, y al notar que él había bajado la vista, le rogó que la observara—. Mírame, querido, y escucha esto que voy a decirte.

Él hizo un terrible esfuerzo y consiguió levantar sus ojos.

Al verlos, ella estuvo a punto de callar, confundida por la inmensa amargura que notó en ellos. Aunque era menester continuar, debía recomponerse y decirle la gran verdad.

—Las personas más infelices del mundo son aquellas que siempre se revuelven pensando en los temores, sin obrar jamás. Aleja el miedo, hombre mío, llénate de valor. —Le revolvió apenas el cabello y le hizo un ruego—: No desprecies la oportunidad de disfrutar —y mirando a su hijito agregó, con un leve movimiento de labios— no me desprecies.

Él inclinó el rostro y miró hacia el piso.

Pardon. Il est impossible —le dijo con la voz entrecortada.

segunda PROHIBIDO

 

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