Rey del Monte

 

El conductor bajó para entregarle el resto de las valijas que estaban dentro de la baulera, apilándolas sobre el camino. Luego, volvió a su puesto detrás del volante. Sin decir una palabra, pisó el acelerador y arrancó de nuevo.

Cuando las ruedas revolvieron el suelo, una densísima nube envolvió a Malén, ahogándola con su polvo fino y haciéndola toser.

—¡Madrecita, me han metido en un horno encendido! —exclamó, incrédula. Le pareció que el caldero del diablo efectivamente existía y que cuando estaba durmiendo, distraída en sus sueños, la habían conducido a él, dejándola abandonada allí, en el mismo centro del averno.

El humo que despidió el caño de escape del colectivo al alejarse no ayudó en nada a mejorar la temperatura. Por el contrario, espesó y calentó aún más el aire cercano a la muchacha.

Malén continuó tosiendo y con su mano intentó despejar el ambiente contaminado.

—Mi abanico. ¡Por favor mi abanico! —se quejó, buscando entre los innumerables bolsos que yacían a su lado. Cuando el entorno finalmente se disipó, pudo ver dónde se encontraba. Otro ahogo, esta vez de impotencia, la acosó de improviso—. ¿Esto qué es? ¿A qué lugar perdido en la tierra me ha mandado mi padre?

Estaba rodeada de nada, la más pura y absoluta nada.

Una gallina que se encontraba muy tranquila revolviendo el guadal junto a ella salió cacareando asustada al escuchar que Malén blasfemaba en voz alta. Un perro famélico y sarnoso, con un sólo ojo y cojo de una pata, gimió aterrorizado, pensando que se estaba ligando otro reto.

—¡Maldita tierra de salvajes! —gritó Malén.

Puesto del Algarrobo era un pequeño caserío metido en el impenetrable monte chaqueño, completamente desierto a ese momento del día. Tendría apenas una veintena de casuchas desvencijadas, en medio de un claro, rodeadas por una cortina de vegetación espinosa, hirsuta y amenazadora.

Embargada por una furia casi incontrolable tomó el celular y lo llamó, desobedeciendo la orden de su padre. Pedro le había dicho que no se le ocurriera comunicarse con él salvo que fuera una situación de extrema urgencia, límite, donde su vida estuviera en serio peligro. Malén consideraba que en ese instante estaba a punto de desfallecer, que en escasos minutos moriría deshidratada o insolada. Si no aparecía la solución pronto, sin duda sucumbiría ante el terrible calor reinante.

Milagrosamente, había señal.

—¡Hola! —contestó él, presto al reconocer el número de su hijita querida.

—¡Te odio! ¡Te odio tanto, que no me alcanzará la vida para demostrártelo! —le gritó ella apenas escuchó su voz del otro lado del aparato.

Luego, sin esperar respuesta y sin siquiera recordar que lo había llamado para pedirle ayuda, Malén cortó. Don Pedro quedó con el celular en la mano y sonrió divertido. Seguramente su hija acababa de arribar a Puesto del Algarrobo y comenzaba a comprender en qué tremendo e insospechado atolladero él la había metido.

 

Cuando el polvo en suspensión se disipó completamente, Malén pudo ver una solitaria camioneta estacionada a pocos metros. Estaba completamente cubierta de tierra y manchada de lodo.

El administrador de Infiernillo hacía un par de minutos que la observaba detenidamente sin que ella percibiera su presencia.

Aquel hombre jamás olvidaría la primera impresión que le causó esa vista. ¿Qué adorable imagen tenía delante? ¡Espíritus sagrados! ¿Quién había colocado esa diosa delante de él?

¿Esa era la jovencita que debía atender? Tenía que mostrarle las diferentes actividades de la estancia durante tres meses, hablándole de las virtudes de esa tierra, haciéndole conocer sus animales, sus sembradíos, sus pasturas naturales.

Más allá de verla preciosa, meneó la cabeza con desconfianza. Don Pedro debía haberse equivocado, porque lo que él percibía en esa muchacha era a una niñita desprotegida, ignorante de los inconvenientes de vivir en un sitio como ese. Sólo había que ver cómo se había vestido. Además, era demasiado delgada y diminuta para soportar sin cansarse los esfuerzos físicos de andar por una provincia como Chaco. Sus piernas eran tan delgadas, que hasta parecía que podía rodear sus tobillos con dos dedos de su mano. ¡Y qué aspecto de enojada tenía! Sin duda debía sentirse llena de temor y muy molesta por hallarse allí.

Estiró su cuello y la miró mejor.

¿Qué se había colocado en los pies? ¿Eran zapatos brillosos con taco alto? ¡Madrecita, qué locura! Después, observó qué se había puesto. ¿Lleva un abrigo y de color claro? Apretando los labios, puso sus ojos en el cielo. Leopoldo pensó que en vez de enseñarle, lo que tendría que hacer con ella durante esos tres largos meses sería cuidarla. Así de frágil se veía.

Malén miró hacia el vehículo. Con una mano se cubrió los ojos. Al notar que un hombre la miraba, descontenta, colocó su otro brazo sobre la cintura y lo observó con desprecio. ¿Qué se creía él, que la podía mirar así, como si fuera un objeto a comprar?

—¡Maldito descarado! —exclamó.

En ese momento, el extraño —morocho, fornido, no muy alto, y cargado de hombros, vestido con una camisa mangas cortas, pantalón que le llegaba a las pantorrillas y unas alpargatas demasiado gastadas—se bajó del vehículo y se acercó hacia ella.

—¡Buenas, señorita! —le dijo, mientras estiraba su brazo para apretarle la mano—. Soy Leopoldo, el administrador de Infiernillo.

tapa

 

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