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Parte novela Un bagual en las pampas (Parte dos)

agosto 6, 2016
  • Quisiera ofrecerme como árbitro en este asunto.

Pancho pensó ¿qué podía perder? Él también andaba con ganas de acabar con el juicio. Ya habían pasado seis años y estaba saturado de esa historia.

  • Lo acepto. Estamos en que él me ofrece 10.000 y yo le pido 80.000 ¿Qué opina usted?
  • Digo que deberían pactar en 50.000.

Pancho agradecido, el sobrino de Pedro Manzano con un repentino ataque de acidez estomacal. Luego el muchacho pensó que, al final, con la inflación que parecía no concluir jamás, era mejor arreglar de una vez por todas. Si al fin, era dinero que le caía de arriba, unos pesos menos nada influirían. Poco acostumbrado a pelear por sumas tan importantes, sentía bastante inquietud al imaginar que  si continuaba con el juicio, quién sabe a dónde los llevaría. Cada cual tenía los problemas que soportaba y él estaba seguro de no poder tolerar la ansiedad durante tantos meses. ¿Cómo decía el dicho popular? más vale pájaro cautivo que cien volando. Estrechando la mano de don Pancho dio por arreglado el asunto.

  • ¡Ah! –le aclaró él- el dinero debe ser todo en negro.
  • ¡La pucha! -pensó el muchacho- este hombre es un lince ¡Pobres sus enemigos! no me gustaría estar en su pellejo.

Convinieron reunirse, para hacerle la entrega del mismo, en la oficina de su abogado, Boxeador de sobrenombre, en Buenos Aires. Hecho que se realizó con los billetes acomodados en un maletín.

Para regresar a Río Cuarto el francés debía tomar un avión de línea.

  • ¿No te quedas a festejar? -inquirió Boxeador.
  • No, Cata me espera y sabes lo impaciente que puede llegar a ponerse si no tiene noticias.
  • ¡Mujeres! Ella te maneja la vida.
  • Y se lo agradezco, es mi timón, mi quilla, si me faltara… -Roulet meneó la cabeza.
  • … si te faltara estarías perdido –reconociendo que Catalina estabilizaba las locuras desmedidas de su marido. Sin ella, el francés se hubiera fundido muchas más veces o estaría muerto o preso o perdido en algún vericueto de su vida.

Cuando subió al aeroplano con el maletín en la mano, se dio cuenta de que un gran amigo suyo estaba piloteando la nave. Como no podía con su genio inquieto y aceptaba el ser adicto a la palabra hablada, de inmediato fue a la cabina de mando.

  • ¿Juan Carlosena?
  • ¿Francisco Roulet? ¡Amigo del alma!

Hacía muchos años que no se veían y la charla se mantuvo en un tono distendido y cordial, conversando sobre lo que a Pancho más le gustaba, el campo. El viaje a ambos se les hizo muy corto y más pronto de lo que pensaban llegaron al aeropuerto de Las Higueras, lugar donde descendería el avión. Una vez en tierra, Pancho se despidió con un abrazo y bajó del aeroplano. Cuando había recorrido un buen trecho, su amigo lo llamó.

  • ¡Amigo! ha quedado un maletín. Se lo hemos mostrado a todos los pasajeros y nadie lo reclama ¿Te pertenece?

Francisco lo observó sin reaccionar de tan asombrado que estaba. Se había entusiasmado tanto con la charla entre amigos y se sentía tan distendido porque el desafío de ganar el pleito por los intereses había sido superado, que el dinero había pasado a ser un tema secundario y, de no ser por su amigo, hasta olvidado.

  • ¿Un maletín? ¿Te refieres a un portafolio con…? -¡Glup! Se mordió la lengua para no continuar hablando- ¡Uy! No recordaba que lo había traído.

Tenía innumerables defectos, algunos hasta insoportables, pero siempre sería un protegido y mimado de los dioses porque ponía la vida en lo que amaba y cuando lo hacía, nada más le importaba. Sus pasiones pasaban a ocupar todo el espectro de su diario respirar, vivía para y por ellas y cuando así sucedía, el resto del mundo desaparecía.

tapa pancho 2

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